“Los jóvenes: son un pueblo de reciente aparición. Antes de la escuela, no existía: para transmitirse, el aprendizaje tradicional no necesitaba separar a sus destinatarios del resto del mundo durante varios años, y, por consiguiente, no dejaba ningún espacio al largo periodo transitorio que nosotros llamamos adolescencia. Con la escolarización masiva, la propia adolescencia ha dejado de ser un privilegio burgués para convertirse en una condición universal. Y un modo de vida: protegidos de la influencia familiar por la institución escolar y del ascendiente de los profesores por “el grupo de los iguales”, los jóvenes han podido edificar un mundo propio, espejo invertido de los valores circundantes. Relajamiento del jean contra convenciones indumentarias, historieta contra literatura, música rock contra expresión verbal, la “cultura joven”, esta antiescuela, afirma su fuerza y su autonomía desde los años sesenta, es decir, desde la democratización masiva de la enseñanza: “Como cualquier grupo integrado (el de los negros americanos, por ejemplo), el movimiento adolescente sigue siendo un continente en parte sumergido, en parte prohibido e incomprensible para cualquiera que esté fuera de él. Damos como prueba e ilustración de ello el especialísimo sistema de comunicación, muy autónomo y amplisimamente subterráneo, transportado por su música para la cual el feeling domina sobre las palabras, la sensación sobre las abstracciones del lenguaje, el clima sobre las significaciones brutas y de un acceso racional, valores todos ellos extraños a los criterios tradicionales de la comunicación occidental, que arrojan una cortina opaca y levantan una defensa impenetrable contra los intentos más o menos interesados de los adultos. Tanto si se escucha como si se toca, en efecto, se trata de sentirse “cool” o de colocarse.

He aquí algo que, por lo menos, esta claro: La cultura en el sentido clásico, basada en palabras, tiene el doble inconveniente de envejecer a los individuos, dotándoles de una memoria que supera la de su propia biografía, y de aislarles, condenándoles a decir “Yo”, es decir, a existir como personas diferenciadas. Mediante la destrucción del lenguaje, la música conjura esta doble maldición: el ritmo abole la memoria; el calor que funde sustituye a la conversación, esta entrada en relación de seres separados; extasiadamente, el “yo” se disuelve en el Joven.

Esta regresión seria absolutamente inofensiva si el Joven no estuviera ahora en todas partes: han bastado dos décadas para que la disidencia invadiera la norma, para que la autonomía se transformara en hegemonía y el estilo de vida adolescente mostrara el camino al conjunto de la sociedad. La moda es joven; el cine y la publicidad se dirigen prioritariamente al publico de los quince-veinteañeros; las mil radios libres cantan, casi todas con la misma música, la dicha de terminar de una vez con la conversación. Y se ha levantado la veda de la caza al envejecimiento: mientras que hace menos de un siglo, en ese mundo de la seguridad tan bien descrito por Stefan Zweig, “el que quería progresar se veía obligado a recurrir a todos los disfraces posibles para parecer mas viejo de lo que era”, “los diarios recomendaban productos para adelantar la aparición de la barba”, y los jóvenes médicos recién salidos de la facultad intentaban adquirir una ligera barriga y “cargaban sus narices con gafas de montura de oro, aunque su vista fuera perfecta, y ello para y simplemente para dar a sus pacientes la impresión de que tenían “experiencia””, en nuestros días, la juventud constituye el imperativo categórico de todas las generaciones. Como una neurosis expulsa la otra, los cuarentones son unos “teenagers” prolongados; en lo que se refiere a los ancianos, no son honrados por su sabiduría (como en las sociedades tradicionales), su seriedad (como en las sociedades burguesas) o su fragilidad (como en las sociedades civilizadas), sino única y exclusivamente si han sabido permanecer juveniles de espíritu y de cuerpo. En una palabra, ya no son los adolescentes los que para escapar del mundo, se refugian en su identidad colectiva; el mundo es el que corre alocadamente tras la adolescencia. Y esta inversión constituye, como observa Fellini con cierto estupor, la revolución cultural de la época posmoderna: “Yo me pregunto que ha podido ocurrir en un momento determinado, que especie de maleficio ha podido caer sobre nuestra generación para que, repentinamente hayamos comenzado a mirar a los jóvenes como a los mensajeros de no sé que verdad absoluta. Los jóvenes, los jóvenes, los jóvenes…¡Ni que acabaran de llegar en sus naves espaciales! […] Sólo un delirio colectivo puede habernos hecho considerar como maestros depositarios de todas las verdades a chicos de quince años.”
¿Qué ha ocurrido, pues? Por muy enigmático que resulte, el delirio del que habla Fellini no ha surgido de la nada: el terreno estaba preparado y puede decirse que el largo proceso de conversión al hedonismo del consumo emprendido por las sociedades occidentales culmina hoy con la idolatría de los valores juveniles. ¡El Burgués ha muerto, viva el adolescente! El primero sacrificaba el placer de vivir a la acumulación de las riquezas y situaba, según fórmula de Stefan Zweig, “la apariencia moral por encima del ser humano”; demostrando una impaciencia equivalente ante la rigidez del orden moral y las exigencias del pensamiento, el segundo quiere, ante todo, divertirse, relajarse, escapar de los rigores de la escuela por la vía del ocio, y esta es la razón de que la industria cultural encuentre en él la forma de humanidad más rigurosamente conforme a su propia esencia.

Lo que no quiere decir que la adolescencia se haya convertido al final en la mas hermosa edad de la vida. Negados en otro tiempo como pueblo, los jóvenes lo son actualmente como individuos. La juventud es ahora un bloque, un monolito, una cuasi especie. Ya no se pueden tener veinte años sin aparecer inmediatamente como el portavoz de su generación. “Nosotros, los jóvenes..”: los compañeros atentos y los padres enternecidos, los institutos de sondeo y el mundo del consumo procuran conjuntamente la perpetuación de este conformismo y que nadie pueda jamás exclamar: “Tengo veinte años, es mi edad, no es mi ser, y no dejaré que nadie me encierre en esta determinación.” ”
La derrota del pensamiento, Alain Finkielkraut
Te cagué !
wuna
=X (56)
po la cagaron tubo bkn ella es mi amigax la cabra pero le dicen perra porke lo es jajajja
xD